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CARTA DE AMOR CORREGIDA
CARTA DE AMOR CORREGIDA
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Madrid, 8 de julio de 2018


Texto Edgar "El Rey Bugulú

Amor mío, hace meses que te has ido y sigo en estado de shock, no consigo hacerme a la idea de tu marcha y cada día que pasa se me hace más difícil vivir. No sé dónde leí que la tristeza se aloja en los pulmones y creo que es verdad porque, desde que te perdí, tengo que usar el inhalador de forma continua. Dice Don Manuel que quiere hacerme una placa de tórax pero tengo la completa seguridad de que irá bien, no es nada físico. Es la pena por tu ausencia la que me ahoga, el verme sin compañía en el reflejo de un escaparate, o el pasarme horas en la soledad de un banco sin que nadie me dirija la palabra, lo que me confirma que no volveré a verte y eso hace que mi vida sea como la del perro abandonado. Siento cómo mis venas se van secando, cómo mi sangre fluye cada vez más lenta, mi cuerpo se hace plomizo, pesado, se oxida. Cada hueso, cada intersección de mis articulaciones y músculos responde con un grito al movimiento. Me voy apagando poco a poco, se me acaba la vida ante tu falta. Hasta el acto más cotidiano pierde interés, me aburre y lo abandono. Me ahogo cuando busco por la calle a alguien que pueda parecerse a ti y me veo en el más absoluto de los desiertos. 


Tu metro ochenta, tu pelo duro, negro azabache, esa cara redonda con labios carnosos, bien definidos, sin ser exagerados. Tu espalda perfecta acompasada con tu andar armonioso, cada paso en su sitio, sin desviar una punta ni un tacón, tus manos suaves, acolchadas. Fue lo que me enamoró de ti, tus manos. La primera vez que las cogí sentí tranquilidad y una paz que jamás había experimentado; fue como estar en casa, en el sitio acertado. No sé si es que el amor que aún siento por ti me ciega o que realmente eras la persona perfecta, la pareja perfecta; porque hasta tu voz radiofónica, como te solía decir, era algo que llamaba la atención. Es imposible que me cruce con alguien como tú por la calle y por eso me asfixio. 

Todavía no he borrado del teléfono los mensajes de voz que me mandabas. Cuando más triste estoy, los escucho y, aunque acabe llorando por la impotencia que me produce el no tenerte, al menos son un consuelo. No soportaría la idea de que se me olvidara tu voz. ¿Sabes?, dicen los que han perdido la vista o el oído en la vida adulta, que lo más duro de todo es que llegas a olvidar la cara o la voz de tus seres queridos, de tu madre, de tu padre, de tu pareja y yo… me niego a que eso ocurra. Tu sonrisa, esa risa nunca forzada y siempre dispuesta. Amor mío, me ahogo en cada momento del día. Esta ausencia es vivir en la subida de una pendiente constante con un señor sobre los hombros, en un jadeo que no se acaba. Como tener dos manos al cuello que no te dejan libre. ¿Nos merecíamos nosotros esto?. No, creo que no; bueno, afirmo que no nos lo merecíamos. 


Abro tus armarios y te siento en tus chaquetas, tus jerséis, tus zapatos. Tu olor es  inconfundible. Siempre dijiste que no olías a nada, pero era especial. Hay días en los que cojo una prenda tuya, la que sea, y me la pongo para estar por casa y así sentirte conmigo. Un cárdigan, una camisa o un polo de los cientos que tienes; porque mira que tenías obsesión por los polos, aunque te diré que prefiero los cárdigan, tienen aún rastros de tu perfume, que he empezado a usar yo. Es el poco consuelo que encuentro. En ocasiones pongo en la cama el último pijama que usaste. El de cuadros escoceses en tonos rojos que compraste en Berlín y que siempre dije que era como de navidad, sigue sin lavar y no quiero hacerlo porque su olor no me relaja, pero al menos me conforta y hace que cierre los ojos con el deseo de que en la noche te sueñe, y será algo bonito, como toda nuestra vida juntos, aunque, para mí, nuestra vida era perfecta. 

Al menos yo no necesitaba nada más. Me dice el psiquiatra que te escriba cartas, que es mejor esto que hablar en la soledad de la casa o cuando voy a dar paseos las pocas veces que lo hago. Y ese es el motivo de estas líneas. Tengo muchas cosas que contarte, pero ahora mismo quizá lo más importante sea hablar de nosotros; bueno, mejor dicho, de lo que está suponiendo vivir sin ti, como la canción de Camilo Sesto. Ahora le entiendo. Vivir sin ti es morir de amor. 

Y eso es lo que me está pasando, que poco a poco estoy muriendo de amor. Tengo que contarte que he dejado de comer, quiero sentir vacío dentro de mí para comprobar si es algo físico o espiritual el desierto interior que me invade desde que te fuiste. Esta vez me he propuesto aguantar muchos días. ¿Te acuerdas de cuando hacíamos aquella absurda “operación bikini”, consistente en comer una vez al día? Tú siempre tuviste fuerza de voluntad, yo en cambio te engañaba. Quizá era una mentira piadosa, pero te engañaba. Siempre comía en el trabajo. A veces un snack, a veces un menú en la cantina; en alguna ocasión un compañero (siempre Javier) me daba un par de cucharadas de su tartera, pero nunca conseguí pasar un día entero sin comer. Quizá por eso me moría por llegar a casa. Comer para después comerte a besos, abrazos, a lo que fuera, pero comerte. 


Hoy he madrugado, me he hecho una infusión para desayunar (líquidos sí tomo) y todavía no ha amanecido. La casa, el edificio están en silencio. He recuperado la recurrente manía que tenías de poner la lavadora a estas horas. Quizá para que el ruido me acompañe, quizá para sentirte en casa y… ¿sabes lo que ha ocurrido? que me he enamorado de Cucho, este absurdo gato que te empeñaste en traer. No es que me cayera mal el animal, simplemente era que nunca me habían gustado los gatos. Pensaba que eran animales que solo valían para que los chiquillos les tiraran piedras en la calle o para que murieran atropellados en las carreteras, pero hoy me ha mirado de una forma especial y, sin saber por qué y sin pedírselo yo, ha saltado a mis brazos y ha comenzado a lamerme, ¿qué curioso verdad?. En ese instante estaba pensando en ti, quería darte un abrazo de buenos días. Uno de esos abrazos en los que me colgaba de tu cuello y dejaba mis piernas colgando hasta que nos entraba la risa. 

Hoy he sido yo quien ha acunado a Cucho, tu gato, y ha sido él quien se ha aliviado en mis brazos ya que el pobre también te echa de menos. Pasa horas sentado en tu sillón de lectura, pasa horas tumbado en el cajón de tu ropa interior. Es curiosa la manera en la que pidió que se lo abriera: pasó dos días dando saltos y tratando de abrirlo con las patas, hasta que me di cuenta de lo que en realidad quería y se lo cedí. Desde entonces ese cajón no se ha vuelto a cerrar y ahí está toda tu ropa ordenada, planchada. De vez en cuando echo unas gotas de lavanda para que no coja olor a bicho. Creo que la semana que viene la lavaré y plancharé, volveré a ponerla de forma simétrica, como a ti te gustaba, de manera que sólo se vea la mitad de la última prenda de cada columna y la goma del resto, así, en tres filas, izquierda, derecha y centro, todas iguales, blancas y de algodón. Desde que mi padre nos contó aquello de que, llegado el caso de quitarse la ropa, llevando ropa interior blanca nunca se haría el ridículo, nunca quisiste cambiar el color ni el modelo. Sencilla, sobria, que pudiera dar lugar a la imaginación. 


Tenías una relación especial con mi padre, hasta el punto de que a veces yo sentía celos y creo que también él los sentía de mi. Y es que el pobre hombre también te echa de menos. Ayer cuando fui a verle, lo primero que hizo fue preguntarme por ti como cada lunes, miércoles y viernes de visita. Le dije que estabas con mucho lío de trabajo y que ahora con la nueva oficina tienes que ir mucho a Barcelona, que os ha salido mucho trabajo allí. Él está encantado porque dice que en Barcelona viven muchos millonarios y no para de repetir que acabarás haciendo una “casa de esas de nuevo rico, muy grande, muy fea y muy fría”, así lo dice textualmente, jajaja, tiene guasa. Y digo yo que será mejor ser nuevo rico, que no serlo nunca, ¿no? 

En fin, que no me atrevo a decirle que te marchaste. Imagino que esa noticia le destrozaría y sinceramente no tengo ganas de que la poca lucidez que le queda al hombre la pierda. Tiene narices que no se enfade porque ya no vas a verle, pero si yo falto algún día -que procuro no hacerlo- se pasa toda la siguiente visita sin hablarme, haciéndose el loco. Desde que llego hasta que me marcho. Pero luego, cuando me voy a despedir, me da un beso muy tierno, de reconciliación, como los besos que nos dábamos tu y yo, y no sé por qué, ya que nunca nos enfadábamos. 

Es curioso, en veinticinco años nunca una discusión, una mala voz, una mirada de recelo. ¿Tengo que resignarme ahora a estar con Cucho?, creo que si… sólo por lo que le querías al animalillo, y por lo que te quiero yo a ti. Por cierto, que sepas que me dijo el veterinario que hay gato para rato, y la verdad es que sentí alivio porque no me siento con fuerza para otra pérdida. 


Hoy he quedado para comer con Pilar Vega y Gonzalo Recacha, pero pediré sólo una sopa bajo la excusa de que tengo el estómago mal. Me da un poco de pereza, pero están muy encima de mí, hasta el punto de hacerme sentir agobio, y llevo dándoles largas todo el mes, así que haré un esfuerzo e iré. Aprovecharé antes para pasar por El Corte Inglés, quiero darme una vuelta por tu planta favorita y luego comprar aquellos vasos tan bonitos, los de whisky tallados que querías para beber agua. En realidad no sé por qué siempre me opuse, ya que a mi también me gustaban. Creo que lo hacía para tener algo por lo que llevarte la contraria. 

Imagino que comeremos en el bar de la señora Carmen, la pobre también me pregunta por ti, ¿acaso he sido veinticinco años invisible? Hombre, yo la entiendo y es normal, está preocupada porque dejó de verte de la noche a la mañana. Desde que te fuiste siempre le doy la misma respuesta: ”está bien, tiene muchas ganas de verla, señora Carmen, pero anda con mucho trabajo y ahora más con la nueva oficina de Barcelona”. Si le dijera que te has ido sé que lo pasaría mal y la situación sería un poco cuadro. Prefiero ahorrármelo.

Ha entrado de golpe el otoño y ha empezado a llover, no sé qué ropa ponerme. Tengo que darle una vuelta y ver con qué me voy a sentir más a gusto. Si  quieres que te diga la verdad, iría  en pijama. No te preocupes, no lo haré, sólo era para hacerte rabiar. Imagino que pasará lo de siempre, que me dirán lo bonita y poco común que es mi ropa, y que yo me sentiré como una monja en el Pasapoga y con la sensación de que llevo el estilismo incorrecto. Si tú estuvieras aquí… sería distinto. 


¡Cómo te echo de menos! Estoy un poco hasta las narices de oír eso de “el tiempo todo lo cura” o “bueno, no te preocupes, ya verás como dentro de nada estás paseando por la calle de la mano con alguien”, o “tienes que rehacer tu vida, no puedes encerrarte en casa”. El martes pasado le di un bofetón a mano abierta a Gonzalo Ledesma. Me lo encontré al salir del médico (tengo otra vez sinusitis, pero esta vez la voy a curar bien) y así a bocajarro, me soltó: “bueno, no te preocupes, a rey muerto, rey puesto”. Fue terminar la frase y me salió del alma, le di con todas mis fuerzas. Se quedó blanco. Un señor que pasaba justo a nuestra altura quiso meterse, pero se fue rápido. También me salió del alma decirle: ”y si usted también quiere, quédese un segundo más”. No creo que vuelva a hablar con Gonzalo en mi vida, siempre me pareció un cretino y un cínico y esto lo ha corroborado. En realidad me ha venido bien, me ha salido muy barato el no tener que volver a saludarle, eso no se lo perdono y en cada foro que pueda, hablaré mal de él. Sí, ya sé que no sirve de nada y que quien queda mal soy yo, pero ¡coño! ¿tendré derecho, no? 

El otro día, no sé por qué, me vino a la mente la fijación que tenías con las sábanas de rayas. Fue mientras guardaba la ropa planchada. No te lo he contado, pero he despedido a Isabel. Nunca me cayó bien esa señora, me parecía muy fresca y un poco entrometida y si quieres que te diga la verdad, nunca le perdoné que abriera nuestro cajón. Pero ¿quién coño le mandaría abrir aquél cajón? Le dije que estando solo una persona en casa no hacía falta. Tuvimos un pequeño cruce de palabras pero como quien paga soy yo, se fue por donde vino. 


A lo que iba… guardando unas sábanas me di cuenta de que tenemos veinticinco juegos de sábanas a rayas. Veinticinco, mi vida, veinticinco. No dos o tres, veinticinco. Me dio tal ataque de risa que pensaba que me ahogaba. ¿Sabes? ahora tenemos veintiséis. Compré aquél de la marca de ropa de cama que era muy cara. No me acuerdo del nombre, y no me apetece levantarme a mirarlo en el armario. Sí, aquélla que era nórdica y sólo con ver la web entrabas en trance. Bien, pues compré unas blancas con rayas azules claritas muy finas y la bajera blanca lisa. Han quedado muy bien y la verdad es que valen lo que cuestan, se duerme fenomenal con ellas y si te tomas un “orfidalito” ni te cuento. Bueno mi amor, con toda mi pena voy a tener que dejarte. Se me echa el tiempo encima y no quiero llegar tarde. A ver si me da tiempo a hacer todos los recados que tengo pendientes antes del aperitivo, que no quiero hacerles esperar. Por cierto, hemos quedado en la calle Limón, te lo digo porque sé que te encantaba ir allí. Silencio a tres metros del centro. El Bar Limón era tu favorito, ya sé que ahí no pasaba el tiempo, y como no pasaba el tiempo, salíamos castañas perdidos todos los miércoles, día oficial del “San Queremos”, ¡qué tiempos! 

Sigue oliendo a queso rancio y a chacina, y la barra sigue siendo de mármol, y en la parte donde dejan los vasos para fregarlos de zinc. Está un poco más desgastada, pero no hacen por renovarla y eso me gusta, le da personalidad, y además sigue estando impoluta. Javi el camarero no se ha quitado los pantalones vaqueros de siempre, los Lee que le quedan un poco caídos, pero que no han perdido un ápice de tinte azul, ¿tendrá doce pares? Su camisa negra tejana y unas zapatillas muy feas, muy feas, soy incapaz de reproducirlas. Estoy por regalarle unas, pero creo que se lo tomaría como una ofensa, él está muy orgulloso de su estilo. Está como siempre, igual de serio, educado y, a su manera, cariñoso. Me da mucho punto este chico y por eso las pocas veces que hago por salir me acerco hasta allí. Creo que intuye algo, quizá que nos hemos separado, pero nunca se entromete, nunca pregunta cosas que no debe y, aunque sabe que siempre voy a tomar una caña de Mahou (ahora sin alcohol), espera a que yo se la pida, nunca se adelanta. En lo que no falla y no pregunta es en la tapa y la verdad es que se lo agradezco, no estoy para decidir: queso “semi” con cuatro colines, ni tres, ni cinco, siempre cuatro. La medida perfecta. Te tengo que dejar. Cuando llegue por la tarde te cuento cómo ha ido. Un beso de los nuestros. 


Hola de nuevo, acabo de llegar. La verdad es que apenas tengo fuerza para escribir. El cansancio se ha apoderado de mí. Creo que ha sido más la tensión que otra cosa porque, siendo sinceros, no hemos hecho nada extraordinario: tomar un par de vinos (ellos) y yo un mosto y un agua, ya que con la medicación no quiero beber. Con lo en contra de los tranquilizantes que he estado toda la vida y lo bien que me están sentando, aunque tengo ganas de que el médico empiece a quitármelos ya. Ha sido un día un poco extraño y no hemos parado de hablar. Conversaciones sin fundamento, la verdad, pero al menos hemos estado entretenidos y me ha servido para poner la atención en otra cosa. Al final pasar tanto tiempo en casa creo que no me beneficia. Hemos recordado aquél día en que me caí por las escaleras de su casa y tú, en vez de ayudarme, estuviste riéndote por lo menos cinco minutos, mientras yo continuaba en el suelo sin saber reaccionar. La verdad es que quería reírme contigo pero el orgullo me lo impedía. Por eso pasé al más absurdo de los enfados, lo que te provocó otro ataque de risa. Y hoy sí que me he reído, me he reído mucho y con ganas, mientras lo recordábamos. 

Creo que estoy empezando a aceptar que te has ido, me duele hacerlo, pero es parte del juego. Te has ido de aquí, no de mi corazón ni de mi cabeza, de ahí creo que tardarás en hacerlo. En primer lugar porque es muy pronto todavía, un año es poco tiempo para sacarte de mi interior, y en segundo porque no me da la gana de hacerlo. 


La ciudad está un poco lánguida, a veces ridícula. No sé, es como si no encontrara mi lugar en ella. En los bares me siento fuera de sitio, en los parques me siento fuera de lugar, como un perro perdido sin collar. El martes pasado me senté en un banco en la Gran Vía, -como solíamos hacer muchas veces cuando te recogía en la puerta del estudio-, a catalogar a la gente que pasaba. ¡Por favor, qué gente tan fea, qué mal vestida, qué ropas! Ha subido mucho el número de personas vestidas en chándal. Deberían prohibirlo. Al cabo de un cuarto de hora más o menos me fui porque no podía comentar con nadie los atuendos del venerable, ni podía contar a nadie las historias que me iban viniendo a la cabeza sobre la vida de la gente que me cruzaba. ¿Tú crees que algún día podré volver a hacerlo? Si quieres que te diga la verdad, prefiero que no. Quiero que ese sea nuestro pequeño secreto y no me apetece compartirlo con nadie. ¡Ay, como te echo de menos, que duro se me hace todo sin ti! Me he tomado ya la pastilla y me está costando tener los ojos abiertos, creo que me voy a acostar sin cenar. Un beso, mañana te sigo contando.Buenos días, cielo. Esto de no trabajar tiene su punto. Como me dice el médico, algún día tendré que volver a hacerlo, pero no me veo con fuerzas todavía. Fue muy traumático todo. No sólo tu pérdida, también la forma, la reacción de tu familia, todo. No tengo para olvidar como me trataron tus hermanas en el tanatório, no me dieron ni un beso, sólo tus sobrinos estuvieron conmigo. 

Qué buena idea fue la de casarnos, tengo la completa seguridad de que, de no haberlo hecho, hubieran cambiado la cerradura de la casa estando aún caliente tu cuerpo, como le ocurrió a Arturo Sendagorta. ¿Te acuerdas?, ni un triste calcetín le dejaron sacar. Porque no nos llevemos a engaño, las escrituras estarían a nombre de Begoña, pero pagar, pagar, la pagaron los dos, incluso te diría yo que ahí metió más dinero Arturo. Qué gentuza. Se quedó destrozado, treinta años juntos y no le dejaron coger ni un pendiente. En el fondo, se pasaron de modernos. No les habría costado nada ir al juzgado una mañana y firmar y así evitar problemas venideros. 


Creo que es lo que les ha dado más rabia a tus hermanas, que no han podido tocar nada de nada. Y eso, aunque no me consuele, por lo menos me da una tranquilidad. Nadie me va a echar de aquí y menos ellas. No he vuelto a verlas desde entonces. Sólo tu sobrino Carmelo viene a casa todas las semanas. Merendamos, hablamos de la vida, de las historias con su novio, porque ¿sabes?, salió del armario al poco de fallecer tú, y la verdad es que le ha sentado bien (a él, porque a tu hermana Nati…). Ha dejado de tener ataques de ansiedad y le ha cambiado la cara, se le ve más relajado y no está nunca a la defensiva como le ocurría antes. 

Hay días en que también viene él (el novio). Se llama Borja, es un niño encantador y se conocieron en la biblioteca de la universidad. Estudia odontología, así que ya sé quien me hará la “completa” llegado el caso. Aunque suene a tópico, hacen buena pareja. Es un chico muy seguro de sí mismo y le da a tu sobrino mucha estabilidad. Le sabe llevar muy bien dándole su espacio, apoyándole en sus cosas y, con los líos de tu hermana, le templa mucho. A mí me parece que es una maravilla de chiquillo y tengo la impresión de que es una pareja para muchos años. Se les ve encantados a los dos y bueno, que me caen fenomenal. Ya sabes que para mí Carmelo siempre fue el favorito y atendiendo a las pruebas… no me equivoqué. Voy a hacer testamento y creo que se lo voy a dejar todo a él y a mi sobrino Asís. Básicamente porque los hemos criado como si fueran nuestros hijos y porque ellos se llevan fenomenal. Así seguro que no tienen problemas para repartir el día en que me vaya a la luz. 


En ocasiones sigo creyendo que estoy viviendo en un holograma o algo parecido. Hay días en los que sigo pensando que me vas a llamar por teléfono desde el estudio diciéndome que te explota la cabeza y que no puedes con la vida. Esa era la contraseña para que luego sucediera una de las cosas más bonitas que he vivido contigo: cuando te recibía en casa y sin mediar palabra te llevaba de la mano al baño, te quitaba la ropa, y cuando estabas como te trajo tu madre al mundo, te daba un beso pueril, te metía en la bañera y te tapaba los ojos con una toalla caliente. Te jabonaba el cuerpo y tu te quedabas en trance. Nunca dejaba que se enfriara el agua para que no perdieras este estado de vigilia en el que te sumergías. Era una rato mágico, un momento en el que se paraba el tiempo. Son escenas que no puedo borrar de mi cabeza y que echo de menos como sólo Dios sabe.   

¡Ay, cuánto te añoro, cuánto te pienso! Creo que no me viene bien escribirte estas cartas. Al hacerlo me siento muy cerca de ti, revivo todo lo que estos años hemos estado haciendo, pero al pensar en dejar de hacerlo, me entra una pena que me seca el alma porque sé que nunca más los volveremos a vivir. No habrá más caídas en escaleras, no habrá más baños, ni bancos en la Gran Vía, no habrá más miradas cómplices en una tienda para liar al dependiente, no habrá más paseos sintiendo el calor de tu mano acolchada, ni abrazos reconfortantes, no habrá más paseos a horas intempestivas, ni habrá más viajes locos a sitios surrealistas y feos, no habrá… No habrá más vida contigo. 

¿Por qué tuviste que parar el coche? ¿Por qué tuviste que bajar a ayudar a aquellos chicos? Sí, lo sé, no podías evitar hacer cosas así, era parte de tu persona. ¡Maldito camión! 

Cuántas veces nos reímos de aquella escena de “Amanece que no es poco”. “¡Mátame camión!” y nos tirábamos en medio de la carretera o en medio de la acera, donde estuviéramos y nos hinchábamos a reír… Quién me iba a decir que lo que te arrancara de mi sería eso, un camión. Ahora lo pienso y creo que sin darnos cuenta invocamos a ese verdugo. Es de locos, aún no me hago a la idea. Es de locos.





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